Lacan, remite a una vuelta pero que, como todos lo sabemos, no implica una repetición de lo mismo. El retorno promovido por Freud señala el horizonte obtuso y mítico de los tiempos en que un saber surgía a la superficie del lenguaje. La revolución freudiana cimbró al mundo con una nueva legalidad llamada inconsciente y con el descentramiento radical del sujeto de la conciencia. Pero además, es menester aceptar  que la construcción misma de su corpus epistémico descentra las modalidades de pensar la epistemología. El saber, los surgimientos de nuevas modalidades de saber y de práctica discursivas no se pueden reducir a formas de aceptación académica ni de referencia exclusiva a la ciencia. El arte, la política, la historia, así como un desorden que se expande entre ellos son las coordenadas que permiten penar de otro modo el campo llamado de las epistemologías”

Helí Morales

El psicoanálisis, desde que era estudiante universitaria, me llamaba mucho la atención. El poder descubrir todo lo que guarda el ser humano a lo largo de su vida, todo lo que lo marca sin que éste se percate de ello; me resultaba totalmente fascinante; un día hablando con una docente de la Universidad, analista de muchos años, me hace un comentario que me asombra: “no sólo los psicólogos podemos ser psicoanalistas… cualquier persona puede ser un analista –guarda silencio y observa mi rostro reaccionando ante tal revelación; sonríe y prosigue –de hecho a los psicólogos  sobre todas las profesiones es a los que más nos cuesta trabajo entender la técnica psicoanalítica.” Estas palabras retumbaron en mi mente por algunos meses, mientras cursaba el primer semestre de la especialidad en Clínica Psicoanalítica; me cuestionaba una y otra vez ¿cómo era esto posible?, ya que los psicólogos clínicos por naturaleza buscamos el porqué de la conducta humana, el porqué de sus traumas y diversas problemáticas…. ¿cómo era esto posible si los psicólogos a lo largo de cinco años de formación somos entrenados específicamente para entender  a nuestros pacientes?. A lo largo de este tiempo, se me reveló el porqué de las palabras y esa sonrisa un tanto irónica de la docente.

Freud en 1912 en “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico” es muy puntual respecto a lo que compete a la clínica psicoanalítica; habla sobre la importancia de la escucha atenta del discurso del analizante, de lo relevante de guardar en la memoria los innumerables nombres, fechas, detalles del recuerdo, ocurrencia y producciones patológicas que se presentan durante la cura; ya que “tan pronto como uno tensa adrede su atención hasta cierto nivel, empieza también a escoger entre el material ofrecido; uno fija un fragmento con particular relieve, elimina en cambio otro, y en esa selección obedece a sus propias expectativas o inclinaciones. Si en la  selección uno sigue sus expectativas, corre el riesgo de no hallar nunca más de lo que ya sabe; y si se entrega a sus inclinaciones, con toda seguridad falseará la percepción posible. No se debe olvidar que las más de las veces uno tiene que escuchar cosas cuyo significado solo con posterioridad discernirá.” (Freud, 1912)

Otra de las anotaciones que hace Freud es que el psicoanalista no debe incluir sus emociones en la terapia psicoanalítica ya que corre el riesgo de exponerse indefenso a las resistencias del paciente evitando el camino hacia la cura del mismo. La frialdad es un sentimiento que se le exige al analista para poder proporcionar las condiciones mas ventajosas para el proceso analítico, ya que para el médico procura el cuidado de su propia vida afectiva y el máximo grado de socorro para el analizado; de esta manera el médico estará en condición de servirse así de su inconciente como instrumento de análisis.

El médico debe ocupar una postura “neutral” no debe resultarle transparente al analizado, debido a que la práctica es inobjetable y podemos caer en el error de un psicoterapeuta que  contamina su propio trabajo con el  influjo sugestivo a fin de alcanzar resultados visibles en un tiempo más breve; el cual a su vez se cree que para superar las resistencias de su paciente,  debe dejarle ver sus defectos y conflictos anímicos poniéndose en igualdad para hacerle algunas observaciones sobre su vida, hechas por supuesto en confianza; una confianza que vale la otra, y quien pida intimidad de otro tiene que testimoniarle la suya; cayendo así en un error monumental a la técnica psicoanalítica, y que Lacan más tarde criticará fuertemente ya que si el médico se sale de estos “lineamientos” anula automáticamente las ganancias obtenidas  por el paciente.

“La técnica defectuosa puede provocar deformaciones en los descubrimientos clínicos, que a su vez pueden conducir a conceptos teóricos erróneos. Hay analistas que abusan de la idea de que lamente inconsciente del analista y su empatía son sus instrumentos más valiosos para la terapia y desdeñan la necesidad de realizar alguna operación intelectual con los datos que puedan haber obtenido. La consecuencia es que no tienen una visión general del paciente, no reconstruyen grandes porciones de su vida y sólo les queda una colección de apreciaciones intuitivas. Los errores en la otra dirección son igualmente graves: hay analistas que formulan teorías con demasiada rapidez basándose en unos cuantos datos clínicos. Para ellos, la experiencia del análisis se convierte en un certamen mental o un ejercicio intelectual. Esos analistas evitan la implicación instintual o emocional con sus pacientes, olvidan la intuición y la empatía y se convierten en recolectores de datos o distribuidores de interpretaciones”. (Greenson, 2007)

Es sabido que Lacan a lo largo de su vida, criticó fuertemente a la psicología del Yo, debido a que al morir Freud, su técnica fue distorsionada; leída desde los intereses personales llenos de protagonismo de sus “seguidores”, fue “confundida” con la psicoterapia tradicional; viendo este gran desorden Lacan retoma a Freud desde la letra, planteando una lectura apegada a los principios estructurales del psicoanálisis y convirtiéndose en el máximo exponente del psicoanálisis después de Freud. Lacan preocupado por las desvirtuaciones que se hacían a la clínica psicoanalítica afirma en 1966 que la dirección de cura es definida en seis puntos:

1.    La palabra tiene en ella todos los poderes especiales de la cura;
2.    Estamos bien lejos por regla [fundamental] de dirigir al sujeto hacia la palabra plena, ni hacia el discurso coherente pero que lo dejamos libre de intentarlo;
3.    Esa libertad es lo que más le cuesta tolerar;
4.    La demanda propiamente es lo que se pone entre paréntesis en el análisis, puesto que está excluido que el analista satisfaga ninguna de ellas;
5.    Dado que no se pone ningún obstáculo a la confesión del deseo, es hacia eso hacia donde el sujeto es dirigido e incluso canalizado;
6.    La resistencia es esa confesión, en último análisis, no puede consistir aquí en nada sino en la incompatibilidad del deseo con la palabra.

Lacan (1966) critica que “bajo el nombre de psicoanálisis muchos se dedican a una “reeducación emocional del paciente” No por eso denunciamos lo que el psicoanálisis tiene de antifreudiano. Pues en esto hay que agradecerle el que se haya quitado la máscara, puesto que se jacta de superar lo que por otra parte ignora, no habiendo retenido de la doctrina de Freud sino justo lo suficiente para sentirse hasta qué punto lo que acaba de enunciar de su experiencia es disonante con ella”. Es entendible esta crítica tan irónica que utiliza, ya que los “seguidores de Freud” perdieron de vista que la técnica indica claramente que el que habla es el inconciente no el paciente.  En el momento en el que el “analista” se involucra en el conflicto del paciente, lo dirige, le orienta, le comprende, su técnica deja de ser psicoanálisis y se convierte en mera psicología, en un conductismo propiamente dicho, en el que se pretende dar resultados inmediatos mediante la extinción de signos y síntomas que regresaran una y otra vez, porque realmente se trabaja  con todo menos con las formaciones inconcientes del sujeto.

“Para los psicoanalistas de hoy, esta relación con la realidad cae por su propio peso. Miden sus defecciones en el paciente sobre el principio autoritario de los educadores de siempre. Sólo que se encomiendan al análisis didáctico para garantizar su mantenimiento en una tasa suficiente en los analistas, respecto de los cuales no deja de sentirse que, para enfrentarse a los problemas de la humanidad que se dirige a ellos, sus puntos de vista serán a veces un poco locales. Lo cual no hace sino colocar el problema un escalón individual más atrás.” (Lacan, 1966)

Para dirigir la cura debemos dejar de vivir en esa postura de Gran Otro, debemos dejar de sentarnos en esa silla gigante llamada ego. Uno de los errores constantes de la psicología es que se posiciona en el lugar del conocimiento, el terapeuta es el que sabe lo que le sucede al paciente, sabe exactamente que conductas debe de eliminar para que el sujeto comience a ser “funcional”, tornándose esto en algo sumamente peligroso, porque perdemos de vista que ese síntoma lo podremos eliminar, pero el inconciente del paciente luchará y se manifestará en una y mil conversaciones más que pasarán totalmente desapercibidas ante los ojos y oídos del terapeuta, porque sólo observa la conducta, y deja de lado todo el simbolismo que revela la verdadera demanda del sujeto. Lacan comenta que “el analista cura menos por lo que dice y hace, que por lo que es”. El analista efectivamente es el que se mantiene atento, escucha paciente y detenidamente el discurso; ese lenguaje que por medio de olvidos, risas, sueños y demás deja asomar “la historia que no es el pasado, sino el pasado historizado en el presente del sujeto, historizado en el presente porque ha sido vivido en el pasado”. (Lacan, 1981)

El analista no busca comprender a su paciente, cuando la bondad se recuesta en el diván la cura se aleja del análisis, el analista no debe buscar el bien del sujeto, esto es reeducar; en el psicoanálisis no hay cabida para egos grandes, el lugar del analista es ese lugar del muerto, aquel que no siente, no se involucra, solo atiende y prosigue su juego sin que  se sepa quien lo conduce; es el que contribuye a que el analizante  se dirija hacia su propia cura; cito a Lacan (1966) “ no se cura uno porque rememora uno. Rememora uno porque se cura”. Esto se explica en que la restitución de la integridad del sujeto se presenta como una restauración del pasado. Sin embargo, “el acento cae cada vez más sobre la faceta de reconstrucción que sobre la faceta de reviviscencia en el sentido que suele llamarse afectivo. En los textos de Freud encontramos la indicación formal de que lo exactamente revivido - que el sujeto recuerde algo como siendo verdaderamente suyo, como habiendo sido verdaderamente vivido que comunica con él, que él adopta- no es lo esencial. Lo esencial es la reconstrucción” (Lacan 1966).

Respondiendo a las preguntas que me hacía a lo largo de la especialidad, creo que Lacan se encargó de abrirme los ojos, la psicología hace que el psicoanálisis sea confundido como una psicoterapia, perdiendo de vista todos los fundamentos y estructura de la clínica; llevando a los pacientes a un condicionamiento como lo mencioné anteriormente, se me antoja pensar en el pequeño Hans,  en manos de un terapeuta que se basa en la bioenergética; que le señalaría al padre del pequeño que por medio de masajes podría ayudar al niño a liberarse de la fobia; o por medio de un psicólogo infantil en el que le sugerirían a la madre estímulos adversos para evitar que Hans explorara sus genitales. Ahora entiendo que la docente tenía mucha razón, como psicólogos somos entrenados para entender y generar empatía por nuestro paciente, olvidando que esa postura nos aleja cada vez más de la cura; por todo lo anterior me gustaría terminar este ensayo citando a Elizabeth Roudinesco (2009)… “el mayor peligro del psicoanálisis es hacer psicología”.

BIBLIOGRAFÍA

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